
Lo que Nadie te Conto Embarazo y Posparto
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Sinopsis:Quien diga que la maternidad es sencilla es deshonesto o está distraído. Para la mayoría de las futuras madres, los pensamientos ambivalentes, los momentos de desazón y los temores ocupan tanto o más espacio interno que la felicidad. Sin embargo, el hecho de vivir en una sociedad pro natalista, obliga a las mujeres a callar: a aquellas que comparten estas sensaciones, se las tilda de exageradas, desagradecidas o deprimidas. Este libro es el punto de partida ideal para reflexionar sobre los miedos, inseguridades y fantasías (no siempre positivas ni saludables) que se generan durante el embarazo, el puerperio y los primeros meses de la vida del bebé. Un libro que desalienta el mito de que una madre abnegada genera un hijo perfecto, y que pone sobre la mesa los temas que preocupan y angustian a las mujeres, desde el minuto cero de la gestación hasta que vuelven a preguntarse cuándo tener otro niño. Con una propuesta alejada de los prejuicios y el tabú, Lo que nadie te contó del embarazo es la herramienta que toda futura madre necesita para enfrentar momentos tan intensos como complejos.
Capítulo 1
Lo que nadie me contó
Proyecta lo difícil, partiendo de donde aún es fácil.
Realiza lo grande partiendo de donde aún es pequeño.
Todo lo difícil comienza siempre fácil.
Todo lo grande comienza siempre pequeño. (Lao Tsé)
Podría decirse que cuando un niño llega a este mundo nacen dos nuevas personas: un hijo y una madre. Ninguno de los dos sabe cómo reaccionará ante la nueva situación y esto es válido no solo para las madres primerizas sino también para aquellas mujeres que ya tienen hijos.
Han quedado atrás las dudas sobre si se estaba embarazada o no, si se había logrado la debida planificación del embarazo, si era el momento adecuado para tenerlo o no tenerlo. Ha pasado ya la excitación de los primeros días hasta la confirmación en la primera ecografía con latidos fetales positivos, la difícil elección del obstetra o de la maternidad para el ......
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Lo que nadie me contó
Proyecta lo difícil, partiendo de donde aún es fácil.
Realiza lo grande partiendo de donde aún es pequeño.
Todo lo difícil comienza siempre fácil.
Todo lo grande comienza siempre pequeño. (Lao Tsé)
Podría decirse que cuando un niño llega a este mundo nacen dos nuevas personas: un hijo y una madre. Ninguno de los dos sabe cómo reaccionará ante la nueva situación y esto es válido no solo para las madres primerizas sino también para aquellas mujeres que ya tienen hijos.
Han quedado atrás las dudas sobre si se estaba embarazada o no, si se había logrado la debida planificación del embarazo, si era el momento adecuado para tenerlo o no tenerlo. Ha pasado ya la excitación de los primeros días hasta la confirmación en la primera ecografía con latidos fetales positivos, la difícil elección del obstetra o de la maternidad para el ......
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Capítulo 1
Lo que nadie me contó
Proyecta lo difícil, partiendo de donde aún es fácil.
Realiza lo grande partiendo de donde aún es pequeño.
Todo lo difícil comienza siempre fácil.
Todo lo grande comienza siempre pequeño. (Lao Tsé)
Podría decirse que cuando un niño llega a este mundo nacen dos nuevas personas: un hijo y una madre. Ninguno de los dos sabe cómo reaccionará ante la nueva situación y esto es válido no solo para las madres primerizas sino también para aquellas mujeres que ya tienen hijos.
Han quedado atrás las dudas sobre si se estaba embarazada o no, si se había logrado la debida planificación del embarazo, si era el momento adecuado para tenerlo o no tenerlo. Ha pasado ya la excitación de los primeros días hasta la confirmación en la primera ecografía con latidos fetales positivos, la difícil elección del obstetra o de la maternidad para el nacimiento del niño. También los primeros estudios para descartar problemas cromosómicos en el bebé o para conocer su sexo. Llegaron a su fin los temores frecuentes ante la posibilidad de un parto prematuro, la ruptura de la bolsa, de un parto vaginal o de una operación cesárea, así como la habitual pregunta ¿me daré cuenta cuando llegue el trabajo de parto?.
El niño ha nacido y es toda una realidad. ¿Y ahora?
¿Fin o principio?
Es aceptable pensar el nacimiento de un niño como fin o como principio, pero en realidad se trata de la continuación de un proceso que se inició con la llegada del embarazo, la aceptación del mismo y siguió con el nacimiento y la crianza de un niño. Es un continuo, sí, pero ya nada será igual. La fantasía de las mujeres es muy generosa cuando creen que una vez nacido el bebé, luego de un período relativamente breve, se recuperarán las rutinas diarias, el trabajo o la vida social tan solo con el agregado de un niño al que habrá que adaptar a la vida de uno. Mucho me temo que, por lo menos al principio, somos nosotros los que nos adaptamos a la nueva vida que nos impone la llegada de un hijo. Si volvemos a la pregunta, fin o principio, particularmente me inclino a pensar que ahora empieza lo más medular. El motivo del embarazo ha sido tener un hijo. Podríamos decir entonces que el embarazo es un puente entre un deseo y un nacimiento. Pero el niño ha llegado y ahora no hay vuelta atrás: solo queda seguir hacia adelante y bailar como mejor podamos.
Es comprensible que muchas mujeres tengan la ilusión de que con el fin del embarazo se termina el tedio propio de un largo camino en el que no se tuvo la posibilidad de conducir; luego, en cambio, se concreta la ansiada necesidad de comenzar una nueva etapa en la que podrán ser verdaderas actoras y conductoras. En estos términos efectivamente el parto significa un final. Pero al mismo tiempo se inicia una etapa -a mi juicio notablemente más dificultosa- donde las situaciones no suceden por inercia como durante el embarazo, una etapa en la que la madre es protagonista y en la que experimentará intensas modificaciones en lo físico y emocional, en su personalidad y su vida cotidiana. Digámoslo con todas las letras: los niños nos cambian y nos mostrarán lo peor y lo mejor de nosotros mismos. Todo aquello que imaginábamos ha quedado atrás y ahora deberemos enfrentarnos a estos cambios tanto externos como internos; los momentos placenteros serán muy fáciles de vivir, mientras que los cambios negativos o dificultosos que nos afectan en nuestro ser y en nuestra vida cotidiana nos sumergirán en terrenos inexplorados de dudas, cambios emocionales y modificaciones de nuestra personalidad.
A diferencia de otros momentos difíciles, el puerperio y la vida después del parto no nos permiten tomar distancia y reflexionar sino que nos sumergen en una nueva vida donde de manera vertiginosa habrá que adaptarse a los cambios, al cansancio, a los momentos de confusión, a los molestos pensamientos ambivalentes y muchas veces aun a la infelicidad. Esto no lo he teorizado ni simplemente estudiado sino que lo he vivido y escuchado con una frecuencia inusitada; la simple mención o la lectura de esta situación suele provocar la crítica y el espanto de una sociedad entera que ve en el nacimiento de un bebé una historia color de rosa. La sociedad, contenta; las mujeres, ¡desesperadas!
¿Por qué no estamos preparados?
En vez de ayudar a la nueva madre con elementos concretos, la sociedad en general y las mujeres en particular -abuela, madre o amigas-, tan solo se limitan a la celebración de la maternidad.
El pronatalismo de nuestra sociedad hace del nacimiento un festejo, pero no ofrece los elementos para que esta sea una etapa de crecimiento. Lamentablemente, el crecimiento siempre viene de la mano de dificultades, problemas y dolores. Una gestación es un proceso que encierra una incógnita y como tal implica dudas, sufrimientos, dolores; en definitiva, es otra crisis más. Con respecto al nacimiento de un hijo, son varios los motivos por los cuales la preparación para sobrellevarlo con destreza es casi siempre insuficiente. Por un lado, es habitual que las mujeres asistan a clases o cursos de preparación psicológica y física para el parto; sin embargo, la mayor parte de la temática que abarcan estas reuniones se centra en los aspectos vinculados con el embarazo y fundamentalmente con el momento del parto. A mi juicio, es necesario ponderar o armonizar de manera adecuada los aspectos relacionados con el embarazo, con el cuerpo, con el parto y con el puerperio. La gran carga de ansiedad que experimenta la mujer y su pareja en esta etapa nos lleva a jerarquizar aquello que viven durante el embarazo y el momento y la forma del nacimiento. Sin embargo, considero que no es mucho lo que se puede modificar tanto en los aspectos concernientes al embarazo como en el comportamiento durante el parto. En cambio, convencido de las dificultades del período puerperal, es necesario jerarquizar la información sobre la etapa posterior al nacimiento del bebé, en la que la mujer se siente sola, no asiste a cursos informativos, no tiene tan cerca a su médico o a la partera, y en la que todo se desarrolla en un clima signado por el vértigo o por la tediosa y cotidiana rutina de pis-caca-pañal-teta/mamadera-provechito-cólicos. Han hecho el curso para el embarazo y el parto, han recibido alguna mención sobre el puerperio y su manejo pero, sin duda, no hay oferta de cursos para criar un hijo y para reflexionar sobre cómo será la vida luego de un nacimiento. No es que no haya habido intentos, pero ir a un encuentro con otras madres, con bebés en brazo, con teta para dar, con cambio de pañales en el medio de los relatos, no suele ser nada sencillo, por lo que la gran mayoría ha tenido como destino el fracaso. No siempre lo necesario es práctico.
El nacimiento tiene inicio pero no final, y este período, quizás por su duración, será especialmente crítico. Las personas se desempeñan mejor en situaciones críticas cuando han sido debidamente alertadas e informadas sobre la ocurrencia y sus consecuencias.
Las abuelas no cuentan
¿Por qué las abuelas no cuentan? ¿Por qué las amigas que ya han tenido hijos no hablan? ¿Por qué la mayoría de las personas se muestra proclive a mantener el cliché que imprime la sociedad con respecto a que lo mejor que puede sucedernos es tener un hijo?
No tengo respuesta pero así como me hago sin miedo estas preguntas también debo admitir que la inmensa mayoría de las mujeres y aun de los hombres suele expresar con vehemencia que tener hijos ha sido lo mejor que les ha sucedido en la vida. Frente a esta taxativa definición (¿será verdad?) quizás me quede, antes de la derrota, la necesidad de aceptar que el nacimiento de un hijo ha de ser una experiencia difícil en sus inicios pero que, con el correr de los días, meses o años, solo perdura el recuerdo de aquellas situaciones que nos han resultado placenteras y olvidamos las conflictivas. También con los años he aprendido que nada es más cierto que el aforismo que dice chicos chicos, problemas chicos; chicos grandes, problemas grandes. Es bueno recordarlo puesto que el inicio es dificultoso por la escenografía del puerperio, pero los problemas se acrecientan a medida que los hijos crecen. Resulta útil recordar a nuestros padres angustiados ante nuestras primeras salidas nocturnas u otras situaciones de riesgo para ponderar en su justa medida los cólicos del bebé, sus llantos o los desastres que harán cuando tengan un puré de zapallos en su sillita. Más de una vez, los padres van a sentir ganas de tirar al bebé por la ventana y más de una vez los humoristas han dicho que se van a arrepentir de no haberlo hecho. Esta viñeta es sumamente real, aunque a algunos no les guste admitirlo y otros opten por la propia censura. Pero los sentimientos no tienen filtro. La racionalidad dice que usted no debería enojarse cuando su hijo llora, pero la realidad es esquiva a estas definiciones.
Las invito entonces a quejarse y a dejar que los sentimientos fluyan tal como se presentan y se viven. Sin embargo, y sin empecinarnos en definiciones, debo admitir que la expresión de los sentimientos negativos frente al nacimiento de un niño no son bien recibidos ni por los amigos, ni por los familiares y probablemente tampoco por las parejas. Creo que existe una suerte de censura social mediante la cual se escucha con mejores oídos que lo mejor es tener hijos, cerrando, de manera festiva y natalista, el diálogo a una reflexión que permita a mujeres y hombres tener la libertad suficiente para expresar sus sentimientos ambivalentes y pedir la ayuda necesaria para poder sobrellevarlos.
La censura existe y las parejas perciben esta situación, por lo que no se sienten libres de expresar algunas situaciones difíciles de sobrellevar: el cansancio que por momentos llega al agotamiento; el llanto del bebé y el desorden que se apodera de la casa; los sentimientos en tobogán que se suceden a lo largo del día con respecto a la llegada del nuevo niño; la noche que los encuentra solos o en íntima soledad de a dos tratando que el bebé duerma para poder buscar la necesaria fuerza que otorgará un breve descanso...
Nadie nos cuenta sobre estas cosas, como si el hecho de vivirlas sin armas, en una novedosa exploración y carentes de información, fuera divertido, necesario o punitivo. En todo caso, si alguna información recibimos, fue referida pura y exclusivamente a cómo cuidar al bebé Tal vez sea fundamental y necesario también saber cómo cuidarnos a nosotros mismos.
A la vez, les guste o no, las madres han sido modeladas por sus propias madres e invariablemente incluirán lo bueno y lo malo de haber sido hija, modelando un estilo propio pero no auténtico ni único.
Las fantasías y la realidad
Es frecuente escuchar que una cosa eran las fantasías sobre el futuro nacimiento del niño y otra muy distinta las situaciones reales vividas en el puerperio. Sucede lo mismo con las expectativas que ofrecen un viaje, un matrimonio o un nuevo trabajo. En los viajes -para utilizar un ejemplo habitual- la mayoría de las veces nos imaginamos todo lo bueno, ordenado y excitante que nos resultará la experiencia por venir. Nadie piensa en la posibilidad de la pérdida de las valijas, los atrasos en los horarios de los transportes, la incomodidad de los cuartos de hotel, la molestia de comer siempre afuera, la rutina que nos invadirá, o el inesperado humor de aquellos que nos acompañen. Solo imaginamos lo bueno que puede pasarnos; es más, si alguien ha tenido alguna experiencia desagradable, hacemos votos para que a nosotros no nos suceda o bien estamos convencidos de que la desgracia es ajena y no propia. Lo mismo vale para la llegada de un hijo. Rápidamente quedarán atrás las imágenes televisivas o publicitarias donde una madre abraza a su hijo en paz, donde papá, mamá y bebé sonríen felices ante el flash de una cámara fotográfica, donde la leche fluye sin dificultades por los pechos alimentando al niño, y donde madre y bebé, en una sinergia perfecta, duermen pacíficamente recuperando energías perdidas. Estas imágenes -bellísimas por cierto- obedecen al necesario marketing que pretende vendernos ciertos productos y contrastan agresivamente con el caos propio de un nuevo niño en la casa.
¿Es tan dramático?
No es tan dramático, pero ciertamente se habrá ingresado en una nueva etapa de la vida en la que habrá que recordar dos aspectos que no son fáciles de armonizar. El primero y más sencillo de aceptar es que tener un hijo es algo importante -para algunos lo mejor- que nos ha pasado en la vida. El segundo es que no ha nacido una sola persona sino dos: han nacido un niño y una madre que no sabe bien cómo será su vida. También ha nacido una familia cuyo destino además y siempre será incierto.
Es bueno que se acepten con humildad estas situaciones y se busque en la información la fuerza necesaria para llevar adelante esta nueva y fructífera etapa. El éxito dependerá de la armonización entre las necesidades de la mujer como tal y sus necesidades como madre. Las necesidades de su hijo, por lo menos en esta primera infancia, serán medidas. Evite embarullarse con las obligaciones que erróneamente le imponen la sociedad en general y la médica en particular.
Por lo tanto...
Prepárese para aceptar que:
Los mitos no se condicen con la realidad.
La realidad muchas veces supera todo lo que le han contado.
La realidad es como es y no como deseamos que sea.
No hay un solo nacimiento sino dos: el del bebé y el de la mamá.
Papá, mamá y bebé constituyen una familia.
Ser familia no implica dejar de ser pareja.
Es normal tener pensamientos ambivalentes.
Es probable que en este proceso se pierda el sentido del humor y es hora de intentar recuperarlo.
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Lo que nadie me contó
Proyecta lo difícil, partiendo de donde aún es fácil.
Realiza lo grande partiendo de donde aún es pequeño.
Todo lo difícil comienza siempre fácil.
Todo lo grande comienza siempre pequeño. (Lao Tsé)
Podría decirse que cuando un niño llega a este mundo nacen dos nuevas personas: un hijo y una madre. Ninguno de los dos sabe cómo reaccionará ante la nueva situación y esto es válido no solo para las madres primerizas sino también para aquellas mujeres que ya tienen hijos.
Han quedado atrás las dudas sobre si se estaba embarazada o no, si se había logrado la debida planificación del embarazo, si era el momento adecuado para tenerlo o no tenerlo. Ha pasado ya la excitación de los primeros días hasta la confirmación en la primera ecografía con latidos fetales positivos, la difícil elección del obstetra o de la maternidad para el nacimiento del niño. También los primeros estudios para descartar problemas cromosómicos en el bebé o para conocer su sexo. Llegaron a su fin los temores frecuentes ante la posibilidad de un parto prematuro, la ruptura de la bolsa, de un parto vaginal o de una operación cesárea, así como la habitual pregunta ¿me daré cuenta cuando llegue el trabajo de parto?.
El niño ha nacido y es toda una realidad. ¿Y ahora?
¿Fin o principio?
Es aceptable pensar el nacimiento de un niño como fin o como principio, pero en realidad se trata de la continuación de un proceso que se inició con la llegada del embarazo, la aceptación del mismo y siguió con el nacimiento y la crianza de un niño. Es un continuo, sí, pero ya nada será igual. La fantasía de las mujeres es muy generosa cuando creen que una vez nacido el bebé, luego de un período relativamente breve, se recuperarán las rutinas diarias, el trabajo o la vida social tan solo con el agregado de un niño al que habrá que adaptar a la vida de uno. Mucho me temo que, por lo menos al principio, somos nosotros los que nos adaptamos a la nueva vida que nos impone la llegada de un hijo. Si volvemos a la pregunta, fin o principio, particularmente me inclino a pensar que ahora empieza lo más medular. El motivo del embarazo ha sido tener un hijo. Podríamos decir entonces que el embarazo es un puente entre un deseo y un nacimiento. Pero el niño ha llegado y ahora no hay vuelta atrás: solo queda seguir hacia adelante y bailar como mejor podamos.
Es comprensible que muchas mujeres tengan la ilusión de que con el fin del embarazo se termina el tedio propio de un largo camino en el que no se tuvo la posibilidad de conducir; luego, en cambio, se concreta la ansiada necesidad de comenzar una nueva etapa en la que podrán ser verdaderas actoras y conductoras. En estos términos efectivamente el parto significa un final. Pero al mismo tiempo se inicia una etapa -a mi juicio notablemente más dificultosa- donde las situaciones no suceden por inercia como durante el embarazo, una etapa en la que la madre es protagonista y en la que experimentará intensas modificaciones en lo físico y emocional, en su personalidad y su vida cotidiana. Digámoslo con todas las letras: los niños nos cambian y nos mostrarán lo peor y lo mejor de nosotros mismos. Todo aquello que imaginábamos ha quedado atrás y ahora deberemos enfrentarnos a estos cambios tanto externos como internos; los momentos placenteros serán muy fáciles de vivir, mientras que los cambios negativos o dificultosos que nos afectan en nuestro ser y en nuestra vida cotidiana nos sumergirán en terrenos inexplorados de dudas, cambios emocionales y modificaciones de nuestra personalidad.
A diferencia de otros momentos difíciles, el puerperio y la vida después del parto no nos permiten tomar distancia y reflexionar sino que nos sumergen en una nueva vida donde de manera vertiginosa habrá que adaptarse a los cambios, al cansancio, a los momentos de confusión, a los molestos pensamientos ambivalentes y muchas veces aun a la infelicidad. Esto no lo he teorizado ni simplemente estudiado sino que lo he vivido y escuchado con una frecuencia inusitada; la simple mención o la lectura de esta situación suele provocar la crítica y el espanto de una sociedad entera que ve en el nacimiento de un bebé una historia color de rosa. La sociedad, contenta; las mujeres, ¡desesperadas!
¿Por qué no estamos preparados?
En vez de ayudar a la nueva madre con elementos concretos, la sociedad en general y las mujeres en particular -abuela, madre o amigas-, tan solo se limitan a la celebración de la maternidad.
El pronatalismo de nuestra sociedad hace del nacimiento un festejo, pero no ofrece los elementos para que esta sea una etapa de crecimiento. Lamentablemente, el crecimiento siempre viene de la mano de dificultades, problemas y dolores. Una gestación es un proceso que encierra una incógnita y como tal implica dudas, sufrimientos, dolores; en definitiva, es otra crisis más. Con respecto al nacimiento de un hijo, son varios los motivos por los cuales la preparación para sobrellevarlo con destreza es casi siempre insuficiente. Por un lado, es habitual que las mujeres asistan a clases o cursos de preparación psicológica y física para el parto; sin embargo, la mayor parte de la temática que abarcan estas reuniones se centra en los aspectos vinculados con el embarazo y fundamentalmente con el momento del parto. A mi juicio, es necesario ponderar o armonizar de manera adecuada los aspectos relacionados con el embarazo, con el cuerpo, con el parto y con el puerperio. La gran carga de ansiedad que experimenta la mujer y su pareja en esta etapa nos lleva a jerarquizar aquello que viven durante el embarazo y el momento y la forma del nacimiento. Sin embargo, considero que no es mucho lo que se puede modificar tanto en los aspectos concernientes al embarazo como en el comportamiento durante el parto. En cambio, convencido de las dificultades del período puerperal, es necesario jerarquizar la información sobre la etapa posterior al nacimiento del bebé, en la que la mujer se siente sola, no asiste a cursos informativos, no tiene tan cerca a su médico o a la partera, y en la que todo se desarrolla en un clima signado por el vértigo o por la tediosa y cotidiana rutina de pis-caca-pañal-teta/mamadera-provechito-cólicos. Han hecho el curso para el embarazo y el parto, han recibido alguna mención sobre el puerperio y su manejo pero, sin duda, no hay oferta de cursos para criar un hijo y para reflexionar sobre cómo será la vida luego de un nacimiento. No es que no haya habido intentos, pero ir a un encuentro con otras madres, con bebés en brazo, con teta para dar, con cambio de pañales en el medio de los relatos, no suele ser nada sencillo, por lo que la gran mayoría ha tenido como destino el fracaso. No siempre lo necesario es práctico.
El nacimiento tiene inicio pero no final, y este período, quizás por su duración, será especialmente crítico. Las personas se desempeñan mejor en situaciones críticas cuando han sido debidamente alertadas e informadas sobre la ocurrencia y sus consecuencias.
Las abuelas no cuentan
¿Por qué las abuelas no cuentan? ¿Por qué las amigas que ya han tenido hijos no hablan? ¿Por qué la mayoría de las personas se muestra proclive a mantener el cliché que imprime la sociedad con respecto a que lo mejor que puede sucedernos es tener un hijo?
No tengo respuesta pero así como me hago sin miedo estas preguntas también debo admitir que la inmensa mayoría de las mujeres y aun de los hombres suele expresar con vehemencia que tener hijos ha sido lo mejor que les ha sucedido en la vida. Frente a esta taxativa definición (¿será verdad?) quizás me quede, antes de la derrota, la necesidad de aceptar que el nacimiento de un hijo ha de ser una experiencia difícil en sus inicios pero que, con el correr de los días, meses o años, solo perdura el recuerdo de aquellas situaciones que nos han resultado placenteras y olvidamos las conflictivas. También con los años he aprendido que nada es más cierto que el aforismo que dice chicos chicos, problemas chicos; chicos grandes, problemas grandes. Es bueno recordarlo puesto que el inicio es dificultoso por la escenografía del puerperio, pero los problemas se acrecientan a medida que los hijos crecen. Resulta útil recordar a nuestros padres angustiados ante nuestras primeras salidas nocturnas u otras situaciones de riesgo para ponderar en su justa medida los cólicos del bebé, sus llantos o los desastres que harán cuando tengan un puré de zapallos en su sillita. Más de una vez, los padres van a sentir ganas de tirar al bebé por la ventana y más de una vez los humoristas han dicho que se van a arrepentir de no haberlo hecho. Esta viñeta es sumamente real, aunque a algunos no les guste admitirlo y otros opten por la propia censura. Pero los sentimientos no tienen filtro. La racionalidad dice que usted no debería enojarse cuando su hijo llora, pero la realidad es esquiva a estas definiciones.
Las invito entonces a quejarse y a dejar que los sentimientos fluyan tal como se presentan y se viven. Sin embargo, y sin empecinarnos en definiciones, debo admitir que la expresión de los sentimientos negativos frente al nacimiento de un niño no son bien recibidos ni por los amigos, ni por los familiares y probablemente tampoco por las parejas. Creo que existe una suerte de censura social mediante la cual se escucha con mejores oídos que lo mejor es tener hijos, cerrando, de manera festiva y natalista, el diálogo a una reflexión que permita a mujeres y hombres tener la libertad suficiente para expresar sus sentimientos ambivalentes y pedir la ayuda necesaria para poder sobrellevarlos.
La censura existe y las parejas perciben esta situación, por lo que no se sienten libres de expresar algunas situaciones difíciles de sobrellevar: el cansancio que por momentos llega al agotamiento; el llanto del bebé y el desorden que se apodera de la casa; los sentimientos en tobogán que se suceden a lo largo del día con respecto a la llegada del nuevo niño; la noche que los encuentra solos o en íntima soledad de a dos tratando que el bebé duerma para poder buscar la necesaria fuerza que otorgará un breve descanso...
Nadie nos cuenta sobre estas cosas, como si el hecho de vivirlas sin armas, en una novedosa exploración y carentes de información, fuera divertido, necesario o punitivo. En todo caso, si alguna información recibimos, fue referida pura y exclusivamente a cómo cuidar al bebé Tal vez sea fundamental y necesario también saber cómo cuidarnos a nosotros mismos.
A la vez, les guste o no, las madres han sido modeladas por sus propias madres e invariablemente incluirán lo bueno y lo malo de haber sido hija, modelando un estilo propio pero no auténtico ni único.
Las fantasías y la realidad
Es frecuente escuchar que una cosa eran las fantasías sobre el futuro nacimiento del niño y otra muy distinta las situaciones reales vividas en el puerperio. Sucede lo mismo con las expectativas que ofrecen un viaje, un matrimonio o un nuevo trabajo. En los viajes -para utilizar un ejemplo habitual- la mayoría de las veces nos imaginamos todo lo bueno, ordenado y excitante que nos resultará la experiencia por venir. Nadie piensa en la posibilidad de la pérdida de las valijas, los atrasos en los horarios de los transportes, la incomodidad de los cuartos de hotel, la molestia de comer siempre afuera, la rutina que nos invadirá, o el inesperado humor de aquellos que nos acompañen. Solo imaginamos lo bueno que puede pasarnos; es más, si alguien ha tenido alguna experiencia desagradable, hacemos votos para que a nosotros no nos suceda o bien estamos convencidos de que la desgracia es ajena y no propia. Lo mismo vale para la llegada de un hijo. Rápidamente quedarán atrás las imágenes televisivas o publicitarias donde una madre abraza a su hijo en paz, donde papá, mamá y bebé sonríen felices ante el flash de una cámara fotográfica, donde la leche fluye sin dificultades por los pechos alimentando al niño, y donde madre y bebé, en una sinergia perfecta, duermen pacíficamente recuperando energías perdidas. Estas imágenes -bellísimas por cierto- obedecen al necesario marketing que pretende vendernos ciertos productos y contrastan agresivamente con el caos propio de un nuevo niño en la casa.
¿Es tan dramático?
No es tan dramático, pero ciertamente se habrá ingresado en una nueva etapa de la vida en la que habrá que recordar dos aspectos que no son fáciles de armonizar. El primero y más sencillo de aceptar es que tener un hijo es algo importante -para algunos lo mejor- que nos ha pasado en la vida. El segundo es que no ha nacido una sola persona sino dos: han nacido un niño y una madre que no sabe bien cómo será su vida. También ha nacido una familia cuyo destino además y siempre será incierto.
Es bueno que se acepten con humildad estas situaciones y se busque en la información la fuerza necesaria para llevar adelante esta nueva y fructífera etapa. El éxito dependerá de la armonización entre las necesidades de la mujer como tal y sus necesidades como madre. Las necesidades de su hijo, por lo menos en esta primera infancia, serán medidas. Evite embarullarse con las obligaciones que erróneamente le imponen la sociedad en general y la médica en particular.
Por lo tanto...
Prepárese para aceptar que:
Los mitos no se condicen con la realidad.
La realidad muchas veces supera todo lo que le han contado.
La realidad es como es y no como deseamos que sea.
No hay un solo nacimiento sino dos: el del bebé y el de la mamá.
Papá, mamá y bebé constituyen una familia.
Ser familia no implica dejar de ser pareja.
Es normal tener pensamientos ambivalentes.
Es probable que en este proceso se pierda el sentido del humor y es hora de intentar recuperarlo.
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Es doctor en Medicina por la Universidad de Buenos Aires y profesor adjunto del Departamento de Tocoginecología del Instituto Universitario de la Escuela de Medicina del Hospital Italiano de Buenos Aires. Actualmente se desempeña como médico obstetra en el Hospital Italiano. En nuestro fondo editorial ha publicado: Embarazo, ¿dulce Espera? y Claroscuros del embarazo, el parto y el puerperio.
